El pequeño pueblo gigante

Foto de Laura Morales

Este viernes me he levantado con el sol entrando por la ventana. Era una preciosa pero fría mañana de finales de noviembre y lo mejor de todo era que no tenía que ir a trabajar. Me he tomado un café con leche a toda prisa, me he vestido y he decidido que era el momento perfecto para dar un paseo por el mercado de mi barrio.

Cada semana de viernes a domingo montan un mercado justo detrás de la estación de metro cerca de donde vivo. Es un mercado fantástico y me recuerda mucho al mercadillo semanal que ponen en mi ciudad cada miércoles. En este mercado se puede comprar todo tipo de frutas y verduras frescas, frutos secos, galletas, pan, pasteles, carne, pescado, lácteos y huevos… Pero también es posible encontrar ropa, calcetines de lana hechos a mano, botas de fieltro, algunos souvenirs, objetos de cerámica, menaje del hogar… Y una de las cosas que más me gustan: los “ponchiki”, que en español significa “donuts”, pero esta traducción no me parece muy acertada porque los ponchiki son, más bien, como los buñuelos de cuaresma.

En todos los mercadillos de España hay paradas de churros, pues en Rusia hay paradas de ponchiki fritos al momento. 100 gramos de ponchiki (unas 3 unidades) cuestan 25 rublos (unos 0,5 euros). Después de cada visita al mercado nos merecemos comer unos ponchiki calentitos con azúcar glasse por encima.

Foto de Laura Morales

Todas las mañanas está lleno de gente comprando, especialmente abuelitos y familias con niños. Me encanta pasear y disfrutar del ambiente de barrio. Por unos momentos me hace pensar que estoy en una pequeña ciudad o en un pequeño pueblo. Y de verdad pienso que Moscú es un pequeño pueblo gigante. Cuando te apartas de las zonas céntricas más turísticas o llenas de oficinas y empiezas a adentrarte en los barrios donde vive la gente, puedes empezar a sentir esta atmósfera. También en el centro. Varios días por semana trabajo en una oficina cerca del río Moscova y me bajo en la estación de metro Polianka. A pesar de ser una estación muy céntrica hay mucha gente que vive en esta zona o mucha gente que compra ahí después de salir del trabajo. Ese es mi caso, soy una fanática de la frutería que hay a la salida del metro y si no tengo tiempo de hacer la compra en mi barrio aprovecho para comprar lo más urgente ahí.

El hecho de ser vegetariana me hace establecer siempre relaciones más o menos personales con mis fruteros (ya que la frutería-verdulería es la única tienda donde compro, además del supermercado). Y debido a mi acento extraño siempre me preguntan de dónde soy durante la primera compra. Ante la sorprendente respuesta “ya ispanka” empieza todo un interrogatorio sobre qué diablos hago aquí con el buen tiempo que hace en España.
Como soy buena clienta y siempre repito, al final acaban conociéndome. Esto también contribuye a crear una atmósfera de pequeña ciudad en la que todos se conocen. En las grandes ciudades donde parece que nadie conoce a nadie al fin puedes sentirte reconocido por una sonrisa cálida.

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