En el país de los cuentos

Foto de Laura Morales

Tras un interesante viaje en tren (leer aquí) llegamos a la estación Abramtsevo.

Después de bajar unas ecaleras de madera en el bosque, recorrer caminos solitarios donde solo se oía el sonido de los pájaros y el crec crec de las hojas a nuestros pies y pasar por debajo de gigantescos árboles derribados sobre el camino llegamos por fin a un parking y a una carretera.

En el parking había varias paradas de souvenirs donde vendían todo tipo de objetos de cerámica hechos por artistas locales. Merece la pena pararse un momento aquí y ver algunas de sus originales creaciones. Mientras miraba indecisa lo que quería comprar, nos encontramos con lo más inesperado en un paraje medio abandonado como este: una larguísima limusina blanca con los cristales negros y un montón de puertas aparcó justo delante de las paradas de artesanía. Si esta fuera tu primera visita a Rusia te preguntarías ¿qué hace una limusina así en un sitio como este? ¿Un político famoso? ¿Un businessman importante? ¿Un mafioso rural? No. De la limusina salió una chica toda vestida de blanco y medio desnuda para esta época del año seguida de un hombre que la cubría cariñosamente con un abrigo de pieles. Eran dos novios, seguidos de algunos amigos y sus fotógrafos, siguiendo una de las tradiciones más modernas de celebrar una boda en Moscú.

Seguimos a los novios y cruzamos la carretera, al otro lado se encontraba la entrada a la Colonia de artistas de Abramtsevo. Ahí abandonamos a los novios en su sesión fotográfica y nos adentramos a explorar la zona.

Foto de Alberto Fornasier

En la mitad del bosque hay varias casas antiguas del siglo XVIII. Pero esta colonia vivió su época dorada en el siglo XIX, cuando vivieron y trabajaron ahí numerosos artistas rusos: básicamente pintores y ceramistas. También algunos escritores como Gogol y Turgenev visitaron a sus amigos que vivían aquí.

Al entrar en este lugar se puede sentir una atmósfera de cuento de hadas y dan ganas de ponerse a pintar el paisaje. Esto es, precisamente, lo que hacían los artistas de la colonia y lo que todavía hacen muchos artistas locales cuando hace buen tiempo. Pero como hacía un tiempo terrible, no vimos a nadie pintando ahí. La noche anterior el cielo había estado despejado y como resultado de la tremenda helada, todo el paisaje estaba blanco y el río ya helado.

Foto de Laura Morales

Vimos varios de los edificios por dentro y por fuera pero si se quiere visitar el interior de las casas es necesario pagar cada billete independientemente. Nosotros decidimos visitar la iglesia, la cocina y la sauna rusa.

La iglesia era un edificio encantador, blanco y pequeño en estilo Art Nouveau. La decoración interior y exterior era muy delicada y compuesta por pequeñas piezas de cerámica. Dentro de la iglesia hay pinturas hechas también por los pintores locales además de una sorprendente estufa con azulejos coloridos. Vasily Polenov, que vivía cerca de la iglesia, fue quien la diseñó. Los iconos de la iglesia son obra del famoso pintor ruso Ilya Repin y la cerámica pertenece a Mikhail Vrubel.

Abandonamos la iglesia y seguimos el camino detrás de ella, que nos llevó a una casa muy especial. Es una casa con patas de gallina. A esta casa se llega habitualmente por la parte de atrás y debes pronunciar las palabras mágicas para que de la vuelta sobre sus patas y te deje entrar.

Foto de Laura Morales

Nosotros probamos con varias contraseñas, pero ninguna funcionó y la casa no giró y no pudimos entrar: parece que la bruja Baba Yaga había salido. Quién sabe, tal vez estaba de excursión en Moscú.

Baba Yaga de Iván Bilibin

Ahora en serio, esta casa la construyó Victor Vasnetsov inspirándose en la casa de Baba Yaga, la bruja de los cuentos populares rusos, y pretendía ser una casa de juegos para sus hijos.

Por detrás de la casa seguimos un camino entre los árboles paralelo al río hasta llegar a un pequeño estanque con tres puentes de madera. Este paisaje es uno de los más retratados en la pintura rusa de finales del XIX y se pueden ver muchas de estas pinturas en la Galería Tretiakov de Moscú. Por supuesto nosotros cruzamos todos los puentes para hacer varias fotos desde la perspectiva que ofrecía cada uno de ellos. Cuando habíamos dado la vuelta por los tres puentes MNI se dio cuenta de un cartelito que decía que era peligroso cruzarlos debido a su mal estado. Demasiado tarde.

Dejamos los puentes atrás y seguimos nuestro paseo de vuelta a la Colonia. Visitamos el interior de la cocina y de la sauna donde había numerosos objetos antiguos coleccionados por los artistas que vivieron ahí así como obras de cerámica creadas por ellos mismos. Una de las obras en cerámica más fascinante que vimos en Abramtsevo fue el banco, situado cerca de la cocina. Este banco fue obra del artista Mikhail Vrubel, que usó numerosas piezas de céramica de diferentes formas, tamaños y colores. El resultado me recordó a las obras de Gaudí en el Parc Güell y, en mi opinión, parece como si Vrubel hubiera usado la técnica del “trencadís” de Gaudí.

Foto de Laura Morales

Después de nuestra visita eran las tres de la tarde. Miramos los horarios del tren y vimos que faltaban solo veinte minutos para el siguiente tren. La oscuridad empezaba a caer sobre el bosque y decidimos desandar el camino de nuevo a través de los árboles caídos para lograr la última etapa del viaje. La misión estaba casi cumplida, pero faltaba algo. Llegamos a la estación a paso ligero donde una viejecita muy amable (¿Baba Yaga?) comentó que aún faltaban algunos minutos para que pasara el tren.

Por fin, vimos las luces del tren acercarse rápidamente por detrás de una curva. El tren paró, subimos a un vagón casi vacío, nos sentamos y mientras el calor del tren nos envolvía, sacamos la comida. Después de un día frío y agotador nos sentimos muy relajados… ¡qué bien estar en el camino de vuelta a casa!

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