Muñecas de porcelana y aldeanos fornidos

La Señora del Banco -una de mis estudiantes, de la que ya hablé aquí – es, como muchos rusos, una persona muy culta y gran asidua a cualquier tipo de evento cultural: conciertos de todo tipo de música, ballet, ópera, exposiciones de arte…

Durante nuestras clases muchas veces me explica el último espectáculo al que ha asistido y, como persona cultivada, no le gusta cualquier cosa que ve. Ella me recomendó algunos musts culturales que no te puedes perder si vives en Moscú. Por supuesto, una visita al Bolshoi no puede faltar, así como una excursión al Kremlin. Otro must es visitar la galería Tretiakov y asistir a un ballet de la compañía de Igor Moseiev. Tal vez parecen cosas demasiado típicas y turísticas pero después de un año y pico viviendo en Moscú sentí vergüenza al confesarle a una moscovita que no había hecho todavía ninguna de ellas. La Señora del Banco, que es una persona muy amable y generosa, quería ayudarme a ponerle remedio a esta situación y me regaló unas entradas para un espectáculo del Ballet de Igor Moiseiev.

El legendario coreógrafo Igor Moiseiev entró en el mundo de la danza cuando era apenas un adolescente. Sus padres dejaron la educación de su hijo en manos de la primera bailarina del Bolshoi, Vera Mosolova. Una clase con ella costaba una fortuna para la época: 10 rublos. Después de algunas clases, Mosolova habló con el padre de Igor: según ella, Igor sabía ya todo lo que había que saber sobre danza. A los 21 años se convirtió en el coreógrafo del Teatro Bolshoi y a los 31 fundó su propia compañía, que hoy en día sigue actuando alrededor del mundo. Este genio de la danza conocía perfectamente el ballet clásico y el contemporáneo pero a él lo que le fascinaba de verdad eran los bailes folklóricos y tradicionales, ese género a menudo olvidado y menospreciado.

Foto de nytimes.com

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Igor Moiseiev viajó solo y con su compañía, a pie y a caballo por todo lo ancho y largo de Rusia y de todo el mundo. Así fue como conoció las costumbres, el genio y las danzas de cada lugar. Y de esta manera creó sus propias coreografías, tomando lo más particular del folklore de cada región que visitaba. Después de vivir durante todo un siglo, el genio del ballet popular murió en 2007 a los 101 años. Moiseiev murió como vivió: bailando.

MNI y yo nos pusimos guapos y nos dirigimos a la sala de conciertos Chaikovsky, dispuestos a disfrutar de algunos bailecitos regionales rusos con música grabada de fondo… Pero el espectáculo no dejó de sorprendernos en ningún momento.

La primera sorpresa fue que la música no era grabada: una orquesta tocaba en directo desde uno de los palcos. El telón se abrió, la música empezó a sonar y aparecieron en el escenario dos muñecos de procelana vestidos maravillosamente. Eran los bailarines. El primer baile fue la pieza rusa “Leto” (“Verano”):

En un misma misma pieza había bailarines con diferentes tipos de vestidos, todos con mil detalles y bordados delicados y perfectamente cuidados. Los bailarines sonreían sin cesar y bailaban tan ligeramente como si no les costara ningún esfuerzo: mis pies empezaron a moverse al son de la música y sentía en todo el cuerpo el impulso de bailar. Todos empezamos a aplaudir siguiendo el ritmo y creo que en ese momento los corazones de todos los espectadores estaban rebosantes de emoción. Con sus peinados y su maquillaje los bailarines parecían jóvenes aldeanos sanos, fuertes y sonrosados de remotas zonas rurales de la gran Rusia. Yo podía sentirme como uno de ellos: verlos era como viajar a través del espacio y del tiempo.

Pero las danzas de Moiseiev, como ya he dicho, no se limitan solo al territorio ruso. Nosotros también viajamos a Bulgaria, Serbia, Grecia y Finlandia. Uno de los bailes que más nos cautivó a MNI y a mí fue la Polka finlandesa. De este baile nos sorprendió su elegancia, su aparente sencillez y su sentido del humor:

Al llegar a casa, aún embriagados por los colores de la danza y la música, pusimos el video e intentamos reproducir (obvia decir que sin éxito alguno) los pasos de la polka: parecían tan simples en el teatro, los bailarines se movían ligeramente como una pluma… nosotros, en cambio, parecíamos dos elefantes.

Después de esta selección de bailes del mundo, que duró una hora y media, hubo una pausa. Esperábamos que después de la pausa continuaran las actuaciones del mismo estilo pero aquí llegó el momento de la mayor sorpresa

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