Mi pequeña Letonia en Moscú (I)

Mi vida como expat no empezó en Rusia; antes de vivir aquí, viví varios meses en uno de los países más maravillosos que he visitado, Letonia.

Foto de Laura Morales

Foto de Laura Morales

Hay tantos parecidos como diferencias entre Letonia y Rusia pero si vuelvo la vista atrás me parece que mi período como habitante de Riga fue una preparación excelente para la posterior época moscovita. Creo que si no hubiera vivido en Letonia me hubiera costado más adaptarme y comprender ciertas cosas que he visto y oído en Moscú. Por supuesto, cuando llegué a Moscú seguí encontrándome con muchas sorpresas, pero otras cosas me eran ya familiares: por ejemplo, las chicas caminando en la nieve sin problemas sobre tacones altísimos, los borrachos en las calles, el maldito eneldo en todas las sopas y el estilo de la comida en general.

Hablando de comida, una de las cosas que más me gustaban en letonia eran los biezpiena sierini o pastelitos de requesón de la marca letona Karums. El relleno de requesón era blandito y cremoso y había una gran variedad de sabores: chocolate, vainilla, frutas del bosque, melocotón… Y por fuera estaban recubiertos de una capa crujiente de chocolate.

En Rusia estos pastelitos se llaman сырок (sirok) y, como en Letonia, los hay de muchas marcas y sabores. Los que más me gustan son los de la marca soviética Картошка, con requesón sabor chocolate y leche condensada. Pero echaba de menos los Karums letones.

Hoy he ido al supermercado Azbuka Vkusa y en la nevera de los lácteos tenían varias novedades: la más interesante era, por supuesto, una pequeña sección de lácteos de Letonia. Había pastelitos Karums y yogures ecológicos de la marca Baltais. Creo que no tengo ni que decir que los he comprado.

Foto de Laura Morales

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Antes de hoy, solo había visto en el supermercado dos productos letones: el licor tradicional Rīgas Melnais balzams y el queso Jāņu siers.

Espero que los productos letones tengan éxito y pronto se puedan encontrar de manera habitual otras marcas típicas como los chocolates y caramelos Laima o la cerveza Cesu.

Después de escribir este post estaba pensando que parece que sea una fanática de los pastelitos de requesón. La verdad es que no los como muy a menudo y tampoco lo hacía cuando vivía en Riga. Pero cuando descubres algo que no existe en tu país, lo pruebas, te gusta, te acostumbras a su existencia y lo compras más o menos habitualmente es difícil volver a desacostumbrarte. Así, el expat recoge lo mejor de su país adoptivo y lo incorpora en su repertorio de productos “nacionales”. Finalmente se acaba teniendo una gastronomía, un paladar y unos productos típicamente heterogéneos. Por eso los sentimientos del expat son aún más complicados: no solo tiene una patria querida y añorada, sino todas aquellas en las que ha vivido y que ha tenido que dejar.

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