Dónde no ir

Un día durante las vacaciones de mayo decidimos dar un paseo fuera de Moscú. No sabíamos muy bien adónde ir, así que hicimos uno de los paseos de Phoebe Taplin de su guía de invierno que en aquel momento no habíamos hecho: fuimos a Klin. Después de casi dos horas de viaje en un tren de cercanías (elektrichka) llegamos a esa pequeña ciudad. En la guía aconsejaba visitar la casa de Tchaikovsky y un pequeño bosque con un lago donde él paseaba en su tiempo libre. Al ser un paseo de invierno, recomendaba ir al museo de los adornos navideños. Nosotros hicimos la primera parte, pero la segunda nos parecía demasiado invernal para el calor que hacía (+30 y nublado = bochornazo).

Caminamos desde la estación hasta el bosquecillo durante media hora: primero a través de calles que parecían las de cualquier barrio suburbano de Moscú y después por el borde de una carretera. Durante este camino todo nos pareció feo y sobre todo, terriblemente sucio: en el margen de la carretera se extendía un poco de campo con un lago donde habían algunas personas sentadas bebiendo y comiendo algo sentados, literalmente, en medio de la basura. Aquel campo y aquel lago y la acera por donde caminábamos estaba llena de botellas, latas, bolsas y envases varios que teníamos que ir esquivando. Algunas zonas verdes parecían auténticos vertederos y la gente acampaba junto a ellos: parecían no darse cuenta de toda aquella inmundicia! Y si se daban cuenta no les importaba nada!

Caminamos primero hasta el lugar apartado donde paseaba Tchaikovsky, como decía Phoebe en su guía. No nos sorprendió mucho descubrir que era un campo lleno de más y más basura, algunas casas viejísimas y medio abandonadas y, al final de todo una iglesia, un cementerio y un pequeño lago. Decir lago es una exageración: era una ciénaga verde donde, por lo menos, se oían las ranas cantando. En la orilla de la ciénaga había varios bancos donde la gente se sentaba a charlar y a descansar. Resignados, MNI y yo decidimos comernos ahí nuestros bocadillos: pensábamos que en esa ciudad no íbamos a encontrar ningún lugar mejor.

Desilusionados, cansados y con ganas de regresar a casa, desandamos nuestros pasos para regresar a la carretera, cruzarla y vistirar la casa-museo de Tchaikovsky, rodeada por un pequeño parque. Para acceder al territorio que rodea la casa hay que pagar una entrada de 60 rublos (alrededor de 1,5 euros) y para visitar la casa museo hay que pagar otra entrada de unos 200 rublos (unos 5 euros). Nosotros solo queríamos ver la casa por fuera y pasear por el territorio, así que compramos la entrada más barata. Cuando entramos, había un bonito jardín lleno de plantas, árboles y flores con varios bancos para sentarse… cómo nos arrepentimos de habernos comido el bocadillo a orillas de la ciénaga! Hubiera sido mucho mejor comérnoslos aquí pero… cómo podíamos saberlo?

Klin - Casa Museo Tchaikovsky

Klin – Casa Museo Tchaikovsky

Después de dar una vuelta por el jardín regresamos a la estación y tomamos el tren de vuelta a Moscú: por fin.

En definitiva, puede que nosotros no estuviéramos muy predispuestos a apreciar la belleza de Klin pero el bochorno y la cantidad ingente de basura no ayudaban mucho. Estoy segura de que este paseo puede ser muy interesante para los amantes de la música: en el interior de la casa-museo se encuentran las habitaciones tal como eran en vida del compositor y en una de las habitaciones sigue su piano, donde compuso sus obras más famosas. Una vez al año, el ganador de un concurso de música tiene el privilegio de tocar en el piano de Tchaikovsky.

Después de la excursión habíamos perdido casi 4 horas en el tren y estábamos cansadísimos y con la sensación de haber perdido todo el día en algo inútil. No importa, pensamos, no nos hemos quedado con la duda de si este lugar valía la pena o no. Hemos ido, lo hemos visto y ya podemos decir que este es un lugar donde no hace falta ir. Eso sí: evito poner fotos de la fealdad y la basura. Próximamente prometo escribir cosas más bonitas y positivas sobre más lugares donde sí hace falta ir.

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