Hombres, mujeres y viceversa

Esto es lo que pasó y lo que nos tuvo entretenidos durante la cola para comprar las entradas del palacio de Kuskovo.

A mí la pareja de rusos que esperaba delante de nosotros me resultaba extrañísima, pero seguro que ellos eran de lo más habitual en Moscú. A pesar de eso, nunca he llegado a acostumbrarme.

Ambos iban vestidos con ropa horterísima a la última moda, tan última que todavía no ha salido. Ella, con una camiseta de ganchillo blanca calada y un pantalón vaquero de flores: parecía que había ido a la dacha de la abuela y se había confeccionado el outfit con la colcha y las cortinas. Él con una camiseta oscura con detalles transparentes, unos vaqueros cortos, zapatos náuticos y el pelo cortado con forma de cresta. Curiosamente, él no llevaba el bolso de ella, como es habitual aquí. La conversación transcurrió así:

– Cariño, ¿quieres beber algo? – dice ella señalando un carrito de helados y bebidas en la entrada.

– No.

– Mhm, ¿no quieres kvas?

– Bueno.

– ¿Una botella grande o pequeña?

– De 0,33. – Dice él.

– Por favor, una botella de Kvas. – Pide la chica a la mujer del puesto de bebidas.

– ¿De cuánto? – Pregunta la señora.

– Un litro. – Ignorando lo que él había dicho – ¿Cuánto cuesta?

– 87 rublos.

– Cien rublos. – Afirma la chica y el novio le alarga la billetera.

La chica vuelve al lado de su novio y empieza a beber. Le devuelve la billetera y el cambio y le pasa la botella de Kvas. Ambos beben varios tragos y al final la botella queda en manos de la chica, que parece que no quiere beber más y está cansada de tener la botella en sus manos. Después de un poco él la coge para llevarla y ella le dice “buen chico” dándole unas palmaditas en la espalda. Un poco después…

– Mira, venden trípiticos con información del parque. – Dice ella, señalando la taquilla. – Cuestan 50 rublos.

-Yo no lo quiero.

– Pues yo sí lo quiero.

Y el chico lo compró.

Si tengo que ser sincera, a veces siento no saber bien ruso, porque no puedo entender todas las conversaciones tontas que hay en Moscù. Pero, a veces, estoy feliz por el mismo motivo.

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