Querida Moscú,

hace tiempo que me fui y me resulta imposible la idea de que el tiempo haya seguido pasando para ti. No puedo siquiera imaginar que algo haya cambiado: para mí permanecerás intacta tal y como eras para siempre (y sin derrumbe del rublo). Sé que no es así, pero me niego a pensarlo – prefiero creer que no existes más, que eres un lugar imaginado o soñado. Es más fácil así.

Nuestra relación no fue fácil y tenía sus momentos de amor (pocos) y sus momentos de odio (abundantes). Sin embargo, no deja de sorprenderme la facilidad con la que los lugares más decadentes se convierten en los más románticos y nostálgicos. ¿París? Já. No, querida: tú eres la ciudad del amor.

Algunos me preguntan si te echo de menos y, la verdad, tengo mis momentos. En general estoy contenta de haberte dejado, fue lo mejor, pero tú saliste perdiendo: me llevé conmigo lo mejor que había en la ciudad (sí, estoy hablando de MNI).

Un lugar cualquiera: Ryazansky Prospekt, MoscúOtros momentos cierro los ojos y me dejo llevar por los recuerdos. Recuerdo los paseos de invierno en la nieve, la hora punta en el metro, el sonido de la nieve bajo mis pies, el silencio blanco que lo cubre todo, el calor del verano, la gente diciendo “da ladna” (y nosotros riendo como tontos), las siestas en el metro, la alfombra en nuestra pared, las estaciones como palacios, el sol de invierno.

Cuando te pienso no puedo evitar sonreír. En cierto modo, es como si una parte de mí se hubiera quedado contigo. ¿Regresar? ¡Ni hablar! Puedes quedarte con ese pedacito de mí que atrapaste debajo de tu manto blanco silencioso: un pedazo de alma roída, seca y dura como el cadáver de un árbol. Ya no lo necesito. Me contento con soñarte, a veces, con preguntarme qué estarás haciendo y si mis lugares siguen estando en el mismo lugar donde los dejé (sabes que odio que toquen mis cosas). A veces incluso me repito para mis adentros el nombre de los parques, las calles, las estaciones de metro. Recordar es un ejercicio activo. Te recuerdo,

L.

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